A los cinco años ya se sospechaba que Tobías tenía mala suerte. Compró cinco pececitos y todos murieron de depresión. Nunca ganaba ningún juego de azar y siempre que salía a la calle una paloma defecaba en su cabeza. Siempre, a cualquier hora en cualquier lugar que se pusiera, caca.
Ante las dudas, su doctor llevó a Tobías al casino. El muchacho apostó a los 37 números de la ruleta. De estar condenado al infortunio, Tobías no podría ganar. Efectivamente, al intentar lanzar la bolita en la ruleta el crupier sufrió una quebradura de tobillo y se desplomó inconciente en el piso del salon. Llamaron rápidamente a su reemplazo, que apenas sujeto una nueva bolita sufrió un ataque de pánico y locura en Las Vegas y huyó del salón gritando "todos vamos a morir de amargo serrano". Al tercer crupier le explotó la cabeza, y cerraron el casino. Pasaron los años...
Iba Toby bajando por la Chacabuco y al doblar en San Jerónimo estornudó un saxofón. Diez años después grabó un disco de free jazz que pasó inadvertido por la crítica.
Puso un quiosco en Villa Belgrano, lo asaltaron y le llevaron todo. Dos meses después se encontró una lapicera y un cuaderno en blanco y escribió una novela, La invasión de los rusos androides telépatas con honderas. Pasó más inadvertido aún que Matemos a todos los niños, su disco de free jazz.
No desistió, y puso una remisería. Compró tres peugeot 405 con la herencia de su abuela, que murió al caerle un barco en la cabeza (la historia completa es muy graciosa y salió en todos los medios cuando sucedió, explicando cómo fue que un barco cayó sobre la señora Mignone mientras tejía en el porche de su casa, a 460 kilómetros del mar.) La remisería anduvo bien la primera semana, luego comenzó lo que eventualmente se conoció como La Guerra de los Chonductores. O sea choferes de colectivos contra conductores de taxis y remises. Lamentablemente para los taxistas y remiseros, los colectiveros consiguieron el apoyo del Pentágono y bombardearon todos los taxis y remises del país. Los conductores, si bien no estaban solos, tenían apenas el apoyo del centro de jubilados de San Vicente y la Organización de hippies por la paz. Algunos jubilados tenían armas y lograron resultados; los hippies sólo atacaban con citas de Ghandi, Marx y Hesse.
_ ¡La lucha social de clases es el motor de la historia, man! _ gritaban desde sus cascos pintados con espirales psicodélicas.
Los colectiveros sabían que la prensa estaba presente, e influenciados por películas como Terminator querían siempre pasar a la historia con frases pegajosas.
_ Descienda por la puerta de atrás y muere _ gritaban, o:
_ ¡Conserva tu boleto de camino al infierno! _ y disparaban con sus bazookas made in USA.
Al terminar la guerra Tobías pudo reencontrarse con su familia. Había perdido su remisería y su fosa nasal derecha, pero estaba feliz de ser un sobreviviente. Estudió arte en Praga. En un arrebato de inspiración pintó un autorretrato. Toda la noche pintó el cuadro y al amanecer dio la última pincelada y se dijo en voz alta: "He dejado aquí una parte de mi alma".
Expuso el cuadro en la galería de su Universidad. Todos los que lo veían entraban en combustión espontánea, así que el cuadro fue removido de su lugar y destruído.
Tobías decidió proteger al mundo de la mala suerte que provocaba y se encerró en un sótano cuya ubicación desconocemos. Cuando se le pregunta a los padres si quieren verlo, ellos responden "pero para nada" y cierran de un hielazo su acogedor iglú en la Antártida.




