Por Oscar Wilde, de Icho Cruz.
Se me ha pedido que interrumpa
nuevamente mi actividad como vendedor de panchos en la peatonal para reincidir en la difusión literaria, esta vez para acercarles a un autor sin comparaciones en la literatura moderna.
Rubén Devenaux nació en Francia en 1966. No publicó nada hasta los 37 años; de hecho fue analfabeto por elección hasta los 30 y sólo decidió aprender a leer cuando al concurrir al cine con un grupo de amigos se enamoró perdidamente de Jean-Claude Van Damme. Al verlo ahí todo sudado, sin remera, eliminando uno por uno a 237 chinitos que lo atacaban con espadas, nunchakus y bates de béisbol, Devenaux abandonó simultáneamente su desinterés por las letras y su heterosexualidad. La película estaba en su idioma original, y los subtítulos eran para él locos garabatos que bailaban sobre el borde inferior de la pantalla.
Dejó a su esposa, viajó a Norteamérica y se inscribió en el IPEM Nº 23 de barrio Las Palmas, en Michigan. Tiempo después se graduó segundo en su clase. El otro alumno lo felicitó.
Se mudó a California, a un acogedor monoambiente en barrio Jardín Hipódromo. Entabló una saludable amistad con Steven Seagal, jugó al senku regularmente con Sylvester Stallone y tomó clases de baile con George Clooney. En cada conversación mencionaba al azar a Jean-Claude Van Damme, buscando un número de teléfono, una dirección, un correo electrónico. Pero jamás conseguía nada.
Asistió a fiestas, a estrenos, a festivales. Buscaba obsesivamente entre las estrellas. Una vez creyó vislumbrarlo detrás de Meryl Streep, pero sólo era un doble de riesgo. Van Damme no aparecía.
Pasó el tiempo.
Había perdido casi completamente las esperanzas cuando una tarde sucedió lo inesperado. Se encontraba jugando al Mortal Kombat con Jackie Chan cuando el oriental le hizo una babality con Sub-Zero y dejó el joystick a un costado.
_Bueno, me tomo el palo.
_¿Porqué tan temprano?_ inquirió Rubén.
_ Quedé con Jean Claude Van Damme para practicar Tae Kwon Do.
Rubén Devenaux no fue capaz de asimilar la información y se desmayó.
Volvió en sí sin saber cuánto tiempo había pasado. Alguién lo palmeaba amigablemente y murmuraba “vamos, despierta”.
Abrió los ojos.
Vio el rostro más hermoso, el rostro evocado en innumerables noches de insomnio y ensoñaciones.
El rostro de Kickboxer.
El Dragón.
Cyborg.
Soldado Universal.
El Hombre sudado y sin remera que eliminaba a centenares de chinitos enfurecidos armados con espadas y nunchakus.
Jean-Claude Van Damme le sonreía.
_Parece que ya está bien_ le estaba diciendo a Jackie Chan.