Mostrando las entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

Sobre la vida y la muerte de algunos asistentes a la exposición La tecnología nos #aliena.

jueves, 17 de septiembre de 2015 |

Un artista contemporáneo inaugura una exposición que tiene el siguiente título: La tecnología nos #aliena. La exposición del artista contemporáneo consiste en una serie de impresiones de grandes dimensiones de fotografías donde se ve una serie de SMS que el artista contemporáneo se envía a sí mismo, preguntándose cosas como “qué comemos hoy” o “tq mucho, llego en un rato” (sic).
Va mucha gente a la inauguración. Un niño llora frente a una de las obras, pero luego queda claro que la razón de su llanto no es el SMS que lee (“comprar orégano, no tnms mas”) sino simple cansancio. El niño está cansado y llora. Es pequeño y parece ser bastante caprichoso y acostumbrado a que le digan que sí a todo. El artista se decepciona levemente, porque por un momento pensó que el niño había captado la esencia de su obra. No fue así. Ninguno de los asistentes captará la esencia de la obra. Un anciano toma una fotografía de una de las piezas y se la envía por WhatsApp a su hijo, que vive en Connecticut. Un guardia de seguridad del museo se acerca y toca amablemente el antebrazo del anciano. Sin mediar palabra, le señala un cartel que indica que está prohibido tomar fotografías. El cartel tiene una cámara tachada. Alguien podría interpretar el cartel de manera literal, si tuviera una inteligencia limitada o dañada. Podría interpretar el cartel como “se tachan cámaras”, o como “se fotografían líneas rojas en diagonal”. El hijo del anciano, el que vive en Connecticut, recibe la foto al día siguiente, porque en ese momento duerme y ha puesto el teléfono en modo avión. Recibe la foto mientras desayuna cereales con leche imperceptiblemente pasada, es decir que la leche es saludable pero técnicamente ha pasado ya su fecha de caducidad. La obra no le gusta, y el hijo no quiere mucho a su padre, lo cual influye en la opinión sobre la obra del artista. Las razones de este desamor son inciertas. El guardia de seguridad regresa a su rincón contento de haber hecho bien su trabajo. Tiene várices en la pierna derecha porque pasa muchísimo tiempo de pie. La razón de esto no es incierta: es la normativa del museo, que no permite a los guardias de seguridad tomar asiento ni contar con un taburete o un banquito o una protuberancia en la pared para apoyar las nalgas y aliviar el peso en las piernas. Ni siquiera está permitido apoyarse en ningún lado. Las várices no duelen, pero estéticamente son desagradables, son feas de mirar. Los fines de semana, el guardia de seguridad disfruta de ir a la playa y broncearse, es casi lo único que de verdad disfruta, pero ahora que tiene varices está acomplejado, inseguro, se pasa horas frente al espejo odiando el mapa azulado de sus piernas, y hace casi un mes que no va a la playa. Su piel de a poco pierde ese tono dorado que tanto le costó conseguir. El hijo del anciano tiene hongos en el pie derecho, porque ese pie transpira más que el izquierdo, tiene una sintomatología rara, una relación inusual entre la sudoración y el estrés, una relación inusual pero innegable, innegable en el sentido de que está ahí, ocurre, el estrés del hijo hace que uno de sus pies transpire más de lo normal. El niño finalmente se queda dormido en un banco, ha llorado hasta dormirse. El guardia de seguridad lo sacude amablemente. Sin mediar palabra, le señala un cartel que indica que no está permitido dormir. Lo expresa a través de un dibujo de una cabeza de perfil, horizontal, y tres Z sucesivamente más grandes surgiendo de su boca. Todo eso tachado por una línea en diagonal. Alguien con la inteligencia dañada podría interpretar eso como “aquí se respiran zetas” o “lo que estaba fotografiando la cámara no era una línea en diagonal, sino lo que estaba detrás, que es el hombre que exhala zetas”. La novia del artista no ha venido a la inauguración. El artista, que tiene mucha imaginación y además es muy inseguro y tiene muchísimos celos, se imagina a su novia en la cama con otro hombre. En realidad la novia ha tenido su primer ataque de narcolepsia, el primero de muchos que tendrá durante el resto de su vida, y está dormida sobre la alfombra de la casa que comparte con el artista. Duerme insonoramente, pero un hilito de saliva le brota de la comisura de los labios, cae sobre la alfombra e inflama las hebras imperceptiblemente, o sea algunas hebras del material que compone la alfombra se han hinchado tras la absorción de la saliva de la novia fiel pero narcoléptica del artista. El niño, aún somnoliento, busca a su padre, pero no lo encuentra. Tiene mucho sueño. El doctor le ha dicho al guardia de seguridad que debe considerar seriamente cambiar de trabajo y pasarse a un protector solar de factor 30 o superior. El artista ahora charla con una estudiante de arte y le propone que vaya a visitarlo a su estudio un día para que puedan discutir el paradigma artístico de ella y-por-qué-no conocerse un poco mejor, pero la estudiante se da cuenta de las intenciones coitales del artista y aunque le dice que sí, que irá, sabe secretamente que no lo hará, porque ella tiene muy clara la línea que divide el amor de la admiración de la atracción y en este caso ella admira la obra del artista pero no quiere ni ama al artista y tampoco se siente atraída por él, ella quiere basar su carrera en su obra y está dispuesta a establecer lazos laborales que le permitan por ejemplo preparar una exposición o participar en alguna subasta pero no quiere convertirse en alguien que ha conseguido su éxito a través del sexo, de ninguna manera. El anciano nota que el guardia de seguridad está distraído y consigue tomar otra fotografía. Se siente rebelde y sus ojos brillan. Por un nanosegundo, por una fracción imperceptible de tiempo el anciano viaja de manera espiritual a sus años de adolescencia. El anciano morirá treinta y siete segundos después de que su hijo por fin reciba la foto, al día siguiente. Morirá de un ACV, que es algo que puede pasarle a cualquiera en cualquier momento. Podría pasarle a usted ahora. El guardia de seguridad eventualmente se operará las várices, pero tendrá las piernas vendadas durante varias semanas más, y para cuando se las saquen el verano ya habrá acabado, con lo cual no será necesario ni cambiar de trabajo ni comprar otro protector solar. El niño se hace pis en el viaje de vuelta a casa, en el asiento trasero del Ford de sus padres. El pis del niño huele sumamente a pis de adulto, huele muy fuerte. Eso es porque el niño envejece a una velocidad superior a lo normal. No mucho, nada como para que te investigue la NASA y te secuestre el FBI y te pases el resto de tu vida en una jaula de cristal con cámaras y gente que te observa y toma notas, pero por ejemplo a los 30 años el niño tendrá todo el pelo blanco y algunas manchas en la piel que a otra gente no le salen hasta los 50/60 años, y a los 30 años tendrá crisis espirituales más propias de los 50/60 años, a los 30 años el niño se verá invadido por ánimos crepusculares, purpúreos, de despedida, de tarde-noche, de en-nada-se-acaba... Pero ahora mismo este envejecimiento acelerado se nota solamente en el olor adulto de su pis y poco más. Quizás si su madre le observara las manos con atención notaría cierta protuberancia en las venas y unos nudillos filosos y arrugaditos, y quizás si su madre le observara los ojos con atención notaría en su mirada una cierta sabiduría improbable, una vejez desfasada. Pero es difícil que lo haga porque tendría que sentir ciertas emociones maternales y afectivas que la madre no siente. De hecho, la incontinencia del niño no tiene nada que ver con su envejecimiento prematuro. Tiene raíces psicológicas. Es un llamado de atención dirigido a su madre. El niño tiene 7 años. Mientras el niño vacía su vejiga, sus padres comentan la exposición. A él le ha parecido espectacular la manera minimalista, sencilla y directa de captar el zeitgeist de nuestra generación. A ella le ha parecido pretenciosa no solo la exposición sino la observación que su marido acaba de hacer. Agrega que la generación que el artista intenta captar —suponiendo que ese sea el caso, y la mujer lo duda— en todo caso no es la generación “nuestra” (la de ellos dos), sino por lo menos la siguiente, o incluso la otra [es decir la que viene después de la que viene después de ellos, o lo que es lo mismo, la que viene después de la generación que ocupa el niño dormido y meado en el asiento trasero]. Y agrega, la mujer, que no hacía falta decir zeitgeist. El guardia de seguridad pasa todo el otoño trabajando en el museo y en sus días libres visita un salón de bronceado. El artista vende varias obras por bastante dinero. No siente culpa. Tampoco lo hace por el dinero. Planea su próxima obra, y convence a un estudiante de que lo visite el domingo siguiente en su estudio para que puedan conversar sobre la obra de Jeff Koons y paradigmas y enfoques y cosas. El artista es bisexual. El estudiante es gay y no enfrenta la vida desde un punto de vista similar al de la estudiante, sino que tiene más bien ganas de acostarse con el artista que admira y piensa que hasta quizás exista la posibilidad de que el sueño postcoital del artista le permita al estudiante curiosear su estudio y tal vez, por qué no, robar alguna pieza que luego pueda vender por Ebay o esperar a que el artista muera y subastar por Sotheby’s. Ambos están al tanto de los planes copulatorios y esperan con ansias el domingo. El artista, sin embargo, sigue preocupado por la posibilidad de que su mujer esté ahora mismo desnuda y excitada en los brazos de otro hombre No sospecha de nadie en concreto, pero su cabeza se ve invadida por imágenes de una silueta masculina sobre su mujer moviendo las caderas en un claro vaivén sexual, en un claro in and out de penetración fornicatoria. Se descubre que el salón de bronceado trabaja con máquinas que no están aprobadas por los estándares internacionales de calidad y de seguridad, por los ISOs correspondientes, y no supera los controles de calidad subsiguientes por las fugas de radiación nociva. El guardia de seguridad desarrolla un cáncer de piel severo pero no mortal. Se somete a varios tratamientos de transplantes, injertos y relocalización del tejido, transplantes que en un par de décadas serán carísimos pero que a los que el guardia accede de manera gratuita en su calidad de conejillo de indias. Los doctores usan tecnologías experimentales y de ultimísima generación, rayos RXZ, vibraciones espasmoeléctricas, rayos gamma, neoradiología y materiales de todo tipo, entre ellos: piel sintética, piel de hamster, encía de ballena, paladar de aborto y mucha, muchísima baba de caracol. El guardia sobrevive, pero no puede tomar sol nunca más, y su cuerpo desnudo ahora es un collage de infinitos matices y texturas, y pasar la mano sobre el cuerpo del guardia es como acariciar un Muestrario de la Vida. Eventualmente el guardia se deprime mucho —la razón de esto no es solamente que le encanta tomar sol (casi lo único que le gustaba en su vida era tomar sol y ya no puede) sino también la falta de vitamina D (por no exponerse nunca al sol), de cuya carencia una de las consecuencias es una modificación súbita de los estados de ánimo y una tendencia a la depresión, y esto no deja de ser muy irónico, le dirá a su grabadora el doctor que practique la autopsia del guardia de seguridad cuando finalmente el guardia de seguridad no aguante más y salte a las vías del tren y se vaya de este mundo. La sudoración del pie derecho del hijo del anciano, que tiene una conexión rara con el estrés, no se explica nunca. De hecho nunca la nota nadie, ni siquiera él. El hijo del anciano muere muchísimos años después, y durante toda su vida nunca hay ni un solo intervalo de no-tener hongos en ese pie, lo cual significa que durante toda su vida el hijo del anciano ha usado la cantidad total de 4.762 botellas de desodorante de pie y 3.211 frascos de talco antitranspirante y todo eso no ha bastado para que siempre, en todas las situaciones en las que el hijo del anciano tiene que interactuar socialmente descalzo, siempre que tiene que descalzarse en público salga como una especie de fanasma hecho de olor que no es visible pero que es instantáneamente olible por todos los que están en la misma habitación, y eso es evidentemente un trauma. Pero ni la relación, ni el estrés, ni el trauma se explican. Por lo demás, la vida de este señor es normal y el hijo del anciano muere relativamente contento y sintiendo dolores más que tolerables de un cáncer poco agresivo pero aún así terminal, y el hijo del anciano muere sin la ayuda de calmantes de ningún tipo, aunque fuma un poco de marihuana de vez en cuando para poder dormir mejor y en la fase final se mete unos tranquilizantes que le trae de contrabando su hijo -esto es, el nieto del anciano. El niño muere a los 59 años, pero aparenta 78. Sus padres, por algún acuerdo extraño del universo que a veces compensa las cosas de esa manera, viven hasta los 109 años y mueren el mismo día y con una diferencia de 34 minutos. Mueren después de una tos rara que los mata. La tos no es síntoma, es causa. Mueren de toser tanto que se les colapsa el sistema pulmonar. La tecnología nos #aliena se expone durante 22 días y luego sale de gira por Europa. El artista consigue un éxito relativo de crítica, con algunas muy duras y otras ligeramente favorables, y sin embargo vende todas sus obras por precios bastante altos y puede vivir muy lujosamente. Por ejemplo, tiene muchísimas tortugas en su casa de verano en Beverly Hills, muchas de las cuales son especies en riesgo de extinción que sólo pueden adquirirse en el mercado negro de tortugas. Ese domingo, el siguiente al de la exposición, el artista se acuesta con el estudiante, pero ninguno de los dos llega al orgasmo y los dos lo fingen y los dos saben que el otro lo finge. En esos días, entre la exposición y el adúltero domingo, la mujer del artista ha tenido ya otros tres ataques narcolépticos, lo cual, muy  irónicamente (como le dirá a su grabadora el doctor que hace la autopsia de la pareja, cuatro años después) desencadena un insomnio crónico en el artista. El estudiante no alcanza el orgasmo porque la noche anterior ha tenido una larguísima sesión de anfetaminas y sexo, y está extenuado. Sin embargo, saca provecho de esa cita al robarle una pequeña escultura de un teclado con ojos en lugar de teclas que se llama Arroba@puntocom.com y venderla en Ebay años después. El estudiante muere a los 67 años en un accidente automovilístico que no lo incluye. O sea chocan dos taxis y de uno de los taxis salta una astilla del espejo retrovisor y le atraviesa la garganta al estudiante, que esperaba pacientemente el semáforo. El artista insomne y su mujer narcoléptica mueren también en un accidente automovilístico, cuatro años después, porque su mujer se queda dormida y cae sobre los brazos débiles de su marido. La razón de la debilidad de los brazos del marido es el insomnio y también un síndrome extraño que hace que los brazos no desarrollen masa muscular y a veces fallen. Los brazos débiles pierden el control del Chevrolet y se caen a un precipicio y mueren, los brazos, con el resto de toda la pareja (los brazos y los ojos y las piernas y todo el tejido y todo lo que era la mujer del artista (que no se despierta durante el accidente y conecta directamente, sans interrupción, el sueño con la muerte) y también los hombros y la panza y las rodillas del artista y todo él. No mueren por el impacto, mueren dos minutos después, cuando ocurre la explosión. En esos dos minutos, el artista consigue escupir varios dientes y una pequeña cantidad de sangre y logra finalmente decir sus últimas palabras: «¿Me engañaste alguna vez?». Su mujer escupe a su vez dos incisivos y otra cantidad de sangre y le dice, desde un sueño en el que está conversando con una cabra periodista que está haciendo un profile sobre su carrera en termodinámica, y la cabra le pregunta «¿se imaginó alguna vez descubrir ocho leyes más de termodinámica?» y ella le contesta a la cabra que no,  que nunca, le dice que jamás, y que cómo puede ni siquiera preguntar eso, de repente en el sueño ella está muy enojada con la cabra y le dice que cómo se le ocurre siquiera plantear la posibilidad de que alguien espere conscientemente descubrir ocho leyes nuevas de termodinámica, y se lo plantea en forma de pregunta: «¡cómo puedes siquiera preguntarme eso!», y todo esto la mujer lo verbaliza claramente en la vigilia, y es la respuesta que escucha el marido, el artista, y en el sueño ella se calma y le dice a la cabra «¿Y tú?» y el artista (aliviado porque su mujer le ha dicho que nunca lo ha engañado aunque en realidad sí lo ha hecho, un día, con un golfista) verdaderamente intenta responder con la verdad, pero no puede hablar porque tiene toda la traquea y la boca llenas de sangre y un momento después ocurre la explosión y los dos mueren. La estudiante que detectó, hace muchos años, en la exposición, las intenciones coitales del artista y fingió aceptar la invitación sabiendo que en realidad no iría nunca, esa estudiante fue el cuerpo, fue la carne, fue el receptáculo de la SEGUNDA VENIDA DE CRISTO, que tuvo lugar exactamente 81 años después (es decir, cuando la estudiante ya tenía exactamente 100 años). Un domingo por la tarde la estudiante estaba tejiendo una bufanda para su bisnieto que estaba por nacer pero que ya sabían el sexo y sería un thrulon —en el 2072 apareció un nuevo sexo/género y además del hombre y la mujer existen los thrulons, que son algo así como hermafroditas bisexuales de tez rosada e infértiles— y si finalmente hubiese llegado a nacer se habría llamado Albert⁂ (todos los thrulons están obligados por ley a tener el símbolo⁂del asterismo al final del nombre, y esta no es, desde luego, la única ni más ofensiva de las desigualdades y discriminaciones de la que son objeto, pero sí quizás la más inesperada y la más gratuita) y la estudiante estaba tejiendo la bufanda para su bisnieto el nonato Albert⁂ cuando de repente el Espíritu Santo le habló y le dijo que ella había sido elegida como receptáculo atemporal para la segunda venida de Cristo. Acto seguido Cristo entró en su cuerpo y empezó a hacer milagros, y la conciencia de la estudiante fue degradada a la posición de acompañante en el cuerpo de la segunda venida de Cristo (que se llamó Áxel, no Jesús) y desde esa posición de acompañante la estudiante pudo ver los distintos milagros de Áxel —multiplicación de los panes, liberación de los presos, sanaciones varias, levitación— y también aprender que la invitación sensual del artista en la exposición había sido una prueba para ver si ella estaba a la altura moral y espiritual de lo que se exige para ser el receptáculo de la segunda venida de Cristo, llamado Áxel. Un tiempo después se acabó la vida humana en la Tierra. De hecho se acabó la Tierra. El planeta se plegó sobre sí mismo como un origami raro y precioso y desapareció, con las esperadas y terribles consecuencias para el sistema solar cuando toda una fuerza gravitatoria y electromagnética desaparece del esquema, y todos fueron a un no-lugar-no-tiempo de paz eterna aunque no carente de cierta sensación de aburrimiento crónico y existencialismo moderado y un je ne sais quoi de insatisfacción omnipresente.



Ni falta hace decir que el malentendido ganivetiano carece de toda polenta.

viernes, 31 de octubre de 2014 |

Viene un tiu pel carrer, jovencito, con mochila, un nen correctu, viene pel carrer y yo estoy estable aunque sin blue pepas, pero estable y con ganas de conversa, así que me le cruzo, me interpongo en el seu camí y le digo «pero qué pasa nen, com va aixó, qué hace un pibe así de bien pel carrer en un día soleado y despejado com el que fa avui», y no te lo pierdas, agafa el tio y em dice «oye, tranquilo, déjame pasar, déjame en paz y déjame pasar», com si yo fuera un boig incibilisadu, el tío no me conoce de res y me dice que lo deje en paz, y me pregunta por qué mezclo el catalá y el castellanu com si fuera yo qué sé, un incibilisadu, un boig inestable sin polenta en zaratustra, como si fuera corto de pastillas azules o yo qué sé, y em diu el tio amb dos cojones que no me entiende del todo lo que digo, que no me comprende y que por favor lo deje pasar, que el sólo vuelve de la escuela y está cansat, se enoja més i més el tiu y em diu que deje de mezclar las dos lenguas y que lo deje pasar, que él no vol res, solamente volver a su casa, y em diu el tiu tó loco que no quiere problemas, y le digo «pero nen, si yo l’únic que vull es una mica de innovació en términs lingüistics, no tengas miedo que no vas a llorar rojo ni nada, no hay buits acá, solo la búsqueda de innovació lingüística»,  y además, añadu, «¿no ves que todos los hipsters parlan spanglish y nadie dice nada?, cla, amb el spanglish no hay problema, ¿entonces por qué no podemos tener una mezcla una miqueta més local?, ¿saps?, ¿rollo catallá?, una mezcla que sigui l’ultim de l’ultim en els circles hipster de toda Barcelona, nen, escoltam, en serio, escoltam, esto lo peta, una miqueta castellá, pam, un poco catalán, pim pam, buah, nen, nen, miram als ulls, nen, eh, nen, esto lo va a petar con polenta y zaratustra.»
Y agafa el tiu i em diu tó racista que por qué tengo este interés tan intenso si yo ni siquiera soy español ni catalán, em diu que reconec el meu accent argentí, el putu tiu, joder, casi como si quisiera que le entre un zaratustra en un buit abdominal y le haga llorar rojo, el putu tiu me mira a los ojos i em diu que vengo de afuera, com si jo no supiera que soy argentino y que uso mal un montón de expresiones idiomáticas de la seva terra, como si no supiera que no vivo en Argentina y que me cuesta una mica la estabilidad y mantener alto el nivel de zaratustras, como si no supiera todo esto viene el tiu i me lo dice en tot el meu rostre. Y veig que está nervioso y asustado pero no sé por qué, si yo sólo quiero disfrutar un rato de la conversa i res més, pero el tiu se enoja i eleva el seu volum y pregunta si estoy tratando desesperadamente de encajar o de llamar l’atenció, y que lo deje pasar de una vez que se quiere ir, i que si no sé parlar catalá no pasa res pero que deje de intentar disimularlo en una mezcla rara que no entiende,  ¡amb dos collons el tiu m’acusa de todo esto!, «y claro, supongo que porque no sabes hablar bien el catalán intentas disimularlo», em diu el tio amb un parell bien gigante de collons, y yo le digo que es veritat que vinc d’afora i que soc argentí pero nen, le digo, «ostia nen, a veure, chabón, locura, pibe, si me escuchás un toque seguro que encontramos alguna manera de entendernos, vieja, máquina, flaco vos fumá y no agités el avispero al pedo, no te pongás la gorra, relajá el ojete y andá subiendolé un poco la polenta a esos zaratustras» y em diu el tiu que ahora estoy mezclando jerga argentina y otras cosas que no entiende, dice «oye, en serio, ahora dices cosas en argentino y no sé a qué es lo que juegas con lo de los zaratustras y tal, pero déjame ir, por favor, que no quiero problemas», i se pone a insistir con que lo deje pasar y le digu «nen, pero si yo no te retengo, máquina, cuan vulguis et vas», i entonces saco —sin ninguna relación con la conversa i solament porque me viene de gusto en ese momento— una navaja para limpiarme las uñas que las tengo una miqueta roñosas, i el tiu agafa i se pone a interpretar eso como una amenaça, «Oye, no, no, oye, deja eso, déjame ir», y yo, «¡Pero a veure chabón!», i añadu: «a veure esa polenta, nen, es para las ungles la navaja, no te quiero hacer plorar vermell per els buits de zaratustras, ¿es que no ves que son totes llengues, en este caso la llengue corporal, i que es pot malinterpretar?, ¿ no ves que he sacado la navalla para limpiarme las ungles i tot plegat a tutiplén ho has interpretat  como un símbolo amenazante pero porque has malinterpretat los códigos?», vamos a relajar el ambiente porque me parece que no cazás una, que no te enterás de res, vamos a relajar el ambiente con un chiste, va, eso,  te cuento un chiste, escolta bé: van dos zanahorias caminando pel carrer, una se cae y la otra le dice “arriba que no pastenaga”, JAJAJAJA, una miqueta de humor bilingüe, va, ¿sí?, ¿entendés?, ¡arriba esos zaratustras con polenta de la buena!, tranquilo mi pollo, que saco la navalla porque tengo las ungles un poco roñosas y las quiero limpiar, comprenc el teu miedo pero no entiendo porqué pensás ahí només que soc un incibilisadu sin zaratustras, i le digo «per favore, bambino, una mica de seny, un poco di sanità mentale, mamma mia», i el tiu no se queda en pau ni un segon y no me deja seguir o sea me interrumpe a tutiplén tot plegat i me dice que acabo de meter una tercera llengua, que acabo de introdurre una tercera lingua, l’italiano, mamma mía, por el amor de la mare meva, le digo,  «¡QUÉ IMPORTA CÓMO HABLEMOS!, si nos estamos entendiendo», le digo, sacudiendo la navalla, y me dice «tio te lo pido bien y por favor, te lo pido por favor, guarda la navaja y déjame, déjame seguir mi camino, yo voy tranquilo a mi casa, acabo de salir de la escuela y voy a casa», y yo la veritat ya estoy un poco enojado y se me empieza a desestabilizar todo porque además voy flojo de pepas azules, y le digo «nen, ¿vos querés plorar vermell?», y le digo «¿vos te pensás que yo arribé al teu país para amenazar a adolescentes y ferles buits que lloran rojo?, per favore, ¡cazzo!, lo que pasa es que estic una mica inestable avui, calculé mal y no tinc pastillitas azules, voy esta mañana al botiquín y cero blue pepas en el frasco, nada de pastillas hasta mañana, y sin las pastillas se me baja esa polenta zaratustriana tan necesaria, y se me va la paciencia, ¿viste?, pero no es para que tengas miedo porque hace rato que nadie plora vermell, y si no te dejo pasar es porque valoro mucho las nostras conversas, sos un nen ultramacanudo, un bambino correcto, un cuate legal, wey, alta chingada la teva onda, sos un auténtico übermensch, un tutiplén tot plegat a tot-a-rell incondicional, un ecce homo más allá del bien y del mal», y me dice el tiu ya un poco llorando, llorando blanco, no vermell, llorando blanco, plorant transparent i pels uls, me dice que ya ni siquiera sabe qué digo, que por favor lo deje ir que tiene miedo de cómo hablo, y dice que m’estic inventant la meva propia jerga, my own jerg, la mia lingua personale, i acto seguido, va el tiu y con cero zaratustras en el torrente sanguíneo procede a empujarme e intenta huir.
¡QUINS COLLONS! ¡CONTACTO FÍSICO! 
El tiu me insulta en la cara, como si fuera un incibilisadu perdido, como si fuera un boig sense remei, ¡como si fuera un irrimediabilmente pazzo!, y com si això fuera poco me empuja y trata de fugir, y joder, yo no he arribat a aquest país a hacer que la gente llore rojo, ya no quiero buits que lloren rojo, lo juro, pero en ese momento en que el tiu es torna boig y me empuja se produce un malentendido inversemblant i de carácter cuchillil, un malentendido casi nada zaratustriano, ni falta hace decir que el malentendido ganivetiano carece de toda polenta, un mal cálculo, un cruce de cuerpos, un desencuentro triste, un empujón hacia el aire en desacierto del meu hombro, yo lo esquivo en un acto reflejo y el tiu empuja l’aire, y el malentendido de carácter ganivetiano deviene perforativo, el malentendido no-zaratustriano y cero-polentil acaba en perforación abdominal, pobre panxa del pobre tiu, se le clava la navalla y se abre el portal por donde entra zaratustra, y cuando te entra zaratustra el buit plora vermell. Así se lo explico, para que no se asuste: «A veure nen, te acaba de entrar zaratustra en la panxa, vas a plorar rojo, se viene el llanto vermell, preparáte, pero no pasa res, nen, tranquilo, vos fumá porque el buit no té profunditat, te llora el hueco donde entró zaratustra i es un buit sin polenta, polenta ahí no hay, qué vols que et digui, polenta ahí no hi ha res, solamente un zaratustra lonely, sentadito en el hueco, afilado y brillante, un zaratustra filoso y solitari induciéndote un llanto rojo en el buit por donde entró, buit del ganivet pero sin intención, yo no vine a aquest país para esto, fue un accidente chuchillil, y el zaratustra está tranquilo entre lo rojo, no lo muevas, no le hables, yo voy a buscar polenta para parcharte eso y vengo, en cuanto trobe una miqueta polentiana vuelvo y te curamos, nen, ara vinc, pibe, ara vinc».


Yo más.

viernes, 15 de agosto de 2014 |

Te quiero.
Yo más.
Yo más que tu más.
Yo más que todo lo que se te pueda ocurrir jamás, nunca, o sea, no hay manera.
Yo más que todo lo que no entra en la imaginación humana y tampoco en la suprahumana.
Yo más que todo lo que no entra en las posibilidades de combinación química y física de todos los elementos que existen en el universo incluidas las imaginaciones que se generan a partir de las neuronas que se forman por la combinación de esos elementos a un nivel colectivo general macrosináptico, o sea una imaginación multimental universal hecha de pura energía trascendida e interconectada, muy grande y muy loca y muy potente.
Yo te quiero más que todo lo que es posible que ocurra en la estructura espacio-tiempo de cualquier cosmos, sea este o algún universo paralelo, de acuerdo con cualquier teoría de la física cuántica o de la teoría de cuerdas o de lo que haya propuesto Stephen Hawking, y también te quiero más que todo lo que pueda dar de sí la imaginación desbocada del ser más creativo de cualquier raza inteligente de aliens que viva en cualquier rincón de este cosmos y de cualquier otro cosmos o universo paralelo o tangencial o perpendicular de la estructura espacio-tiempo que te decía antes, y te quiero más que todo lo que pueda, simplemente, ser, es decir, más que la suma de todo lo que pudo ganarle la batalla a la nada y ser, te quiero más que todo eso junto y a todo eso, que en definitiva es todo, a todo eso lo paradojo salvajemente y le sumo 1, una unidad de algo, lo rompo tremendamente, y eso da como resultado lo que te quiero.
Te pasaste.
¿Mh?
Te pasaste. Te fuiste a la mierda.
¿Qué?
Cómo qué. Que yo no te quiero tanto. ¿"Universo paralelo"? ¿"Estructura espacio-tiempo"? Yo ya venía exagerando, pero vos te pasaste. Te fuiste al orto. Pero mucho. O sea, me siento muy halagada, en serio, pero no te quiero así de mucho pero ni a palos. No quiero así de mucho a nada, básicamente.
Oh, qué mala. Cómo me decís eso.
Perdoname, pero no te voy a mentir.
Yo tampoco te quiero tanto. Era más una competencia intelectual. Pensé que estábamos jugando a lo de los platos. No sé ni la mitad de cosas que dije.
Estamos igual, entonces.
Como mucho, no sé... te quiero hasta la Luna, ponele.
¿La Luna? Ya me ganaste. Yo te debo querer hasta la órbita satelital más cercana. Ponele que anda un satélite por ahí, dando vueltas. Cerquita, un satélito chino, mala calidad, nada de la NASA, como mucho en la tropósfera, no sé. Un par de kilómetros por encima de los aviones, por ahí. Y ya siento que estoy exagerando.
Creo que hay una estación espacial rusa que está más cerca que las órbitas satelitales más próximas, está más abajo, se pueden distinguir cosas de la Tierra y todo. Moscú la puso en órbita para monitorear la influencia de la Luna en las corrientes marítimas y también para poder saltar a los satélites cuando pasan cerca de ahí y hacerles mantenimiento. Si es así, si esa estación rusa está más cerca que los satélites, yo creo que te quiero hasta esa estación, y de hecho llego a duras penas, o sea no llego a entrar, la toco estirando el brazo.
Te quiero hasta la altura que vuela un boeing 747.
Te quiero hasta la altura que vuela un jet privado.
Te quiero hasta la altura que vuela una avioneta de un solo motor y que no pasó el ITV.
Te quiero hasta un poquito más abajo de lo que vuela una paloma gorda.
Te quiero hasta el flotador del tanque de agua.
Te quiero hasta esa mancha de humedad.
Te quiero hasta el foquito.
Te quiero lo justo y necesario como para ir tirando y llegar a la noche que es cuando me duermo y me olvido.
Te quiero casi en la frontera de la neutralidad.
Te quiero casi rozando el aprecio.
Te aprecio casi rozando el respeto.
Te respeto casi alcanzando la indiferencia.
Te ignoro y casi que te desprecio.
Te desprecio bastante y ya veo el aborrecer en el horizonte.
Te aborrezco mucho y empieza a oler a odio puro.
Te odio.
Te odio más, y dos generaciones ascendientes de tu sangre y apellido.
Odio todo tu linaje.
Odio todo lo que remita remotamente a tu persona.
Odio todas las superficies orgánicas e inorgánicas que hayan tenido contacto con tu piel o con alguna ropa o guante o sombrero que tuvieras puesto.
No me gusta este juego.
¡Perdiste!
Yo te quiero un montón, en realidad.
¡PERDISTE!
Te quiero hasta el espacio-tiempo y todo eso que decíamos antes.
¡LOSER!
¡Qué malo sos!
Bueno, tonta, pero si es así el juego, ¿o no? Yo te quiero hasta el lugar donde el universo no llegó todavía y hay un no-espacio raro, no hay ni luz ni nada, te estoy hablando de algo tan lejos que todavía no llegó la luz, no llegó nada del Big Bang, es la mismísima nada, espacio vacío puro, oscuridad tremenda, es muy lejos, y no hay nada excepto una sola cosa, sólo flota una cosa, y esa cosa que flota es una bola brillante hecha de mi amor que sí llegó, porque viaja más rápido que la expansión del universo y está ahí, y sigue creciendo y flotando.
¿Ves? Te volvés a ir a la mierda. ¿"Una bola de amor"? Primero me odiás tanto que odiás también todo lo que toqué alguna vez, aunque fuera con guantes, y ahora de repente hay una bola de amor flotando en una oscuridad lejana donde no llegó el universo.
Sí. Así de mucho.
Bueno. Bueno. Escuchá esto. Imaginate que juntás todas las almas de todos los perros que vivieron a lo largo de la historia de la humanidad, y de esas almas perrunas destilás, digamos, o sea como que le sacás un juguito y ese juguito es todo el amor que sintieron esos perros por sus amos, y destilás toda la alegría que sintieron alguna vez al escuchar las llaves en el pasillo, que es como la señal para ellos de que sus amos estaban por llegar y se ponían locos de alegría, y con todo eso que destilaste hacés como un brebaje y lo ponés en un frasquito, un frasquito con forma de corazón, y después agregás todo el amor propio que se tienen todos los gatos del mundo, o sea destilás eso también, y lo condimentás con todo el amor abuelístico del mundo, o sea el amor por sus nietos, y todo junto en un frasquito muy puro, destilado...
Sigue siendo menos que mi bola de amor en el no-universo, te aviso. O sea, ¿entendés dónde está la bola de amor o no?
Esperá, sí, sí, entiendo, no soy imbécil, pero esperá porque no terminé la mezcla. Entonces a ese frasquito que ya tiene amor abuelil y canino y también el amor que sienten los gatos por sí mismos, porque un gato lo único que aprecia es su propio ser, pero se aman mucho a sí mismos, a todo eso le sumás, ehm... le sumás toda la pasión de las hinchadas y las barras bravas de todos los equipos de fútbol...
Bola de amor flotando...
¡Esperá! Y, ehm, también ponés un poco de fanatismo religioso...
Bola de amor...
¡Ya sé!, callate, mirá, agarro y te quiero tanto que con lo que tengo en el frasquito no me alcanza y te tengo que matar y destilar tu bola de amor pedorra flotando en no sé dónde y la pongo en el frasquito y lo cierro y lo agito para mezclar bien y me lo tomo de un saque y me entra tantísimo amor de golpe en el organismo que mi sistema no lo tolera, es mucho, o sea, sobredosis extrema, y me prendo fuego espontáneamente de puro amor, y me tiro encima tuyo llorando y en llamas, porque acabo de caer en la cuenta de que te acabo de matar para terminar el brebaje, o sea acabo de matar a lo que quería más que al mismísimo frasquito que me acabo de incorporar, y los dos nos quemamos, alta tragedia griega, y nos reducimos a cenizas y entra un vientito por la ventana y se lleva las cenizas, o sea a nosotros, nos lleva, y nos desparrama, y... y volamos así, cenizos, para siempre.
Bueno... yo te quiero más que, uhm... más que...
¡Que qué!
Más que...
Frasquito... tragedia griega... 
Dejame hablar. Te quiero, ehm...
Cenizas para siempre, juntos, volando en el viento...
Bueno, bueno, ¡bueno! Perdí, perdí. 
¡A lavar los platos!
Eh, pero dijiste que no estábamos jugando.
Cuándo dije eso. Nunca. Chauuuu... Lavás los platos. Te espero en la cama. "Bola de amor", le clavaste. Cualquiera.
Tampoco te burlés que vos tiraste "imaginación macrosináptica"...
Que quede todo acomodado y apagá las luces. Te espero. Chau, bola.

La importancia capital de su desbigotamiento.

sábado, 26 de julio de 2014 |

Es tan o más equívoco presuponerle una moral fuerte a una persona religiosa como asumir que un ateo es mala persona. Yo soy la prueba viviente de ello.
Yo voy a misa cada domingo de mi vida, peinadito, afeitadito, vestido pulcra y correctamente y con zapatos, ahí voy yo, engominado el pelo hacia atrás, colonia en exceso, recién bañadito y silbando algún salmo. Esté soleado o lluevan ranas ahí voy yo, saludando a todo el barrio, qué dice cómo le va señora Peterson, pero qué bien vestido va usted esta mañana señor Godofre, y así hasta la iglesia, 15 minutos antes ya estoy saludando al cura párroco y a las señoras de la Asociación de Club [sic] de Fans del Cura Párroco y a los monaguillos y después directo a primera fila, me arremango los pantalones y me siento y carraspeo un poco y me froto las palmas de la mano como hace alguien cuando algo que le gusta bastante está a punto de comenzar, me cruzo de brazos, me pongo los lentes para ver de cerca y hojeo el cancionero cantando por lo bajo mis canciones preferidas: El señor es mi pastor, Alabemos al Señor, Yo soy tu cordero, llámame e iré y el más moderno Stairway to Heaven que tiene algunas cositas prestadas de la canción de Zeppelin. Después viene el cura y comienza la misa y sigo todo repitiendo por lo bajo todas las frases de cada parte de la misa y escucho la Eucaristía con muchísima atención y asintiendo con la cabeza ante cada observación aguda y profunda del cura párroco y después termina la misa y saludo a todo el mundo hasta luego hasta luego que vaya bien y camino a mi casa silbando Quién quiere al Señor, ¡yo quiero al Señor! y llego a mi casa y continuo con mi vida de MALA PERSONA porque yo soy una mala persona y lo acepto y listo, pim pam y a otra cosa.

Por supuesto, yo no soy un psicópata, no es que tengo gente encerrada en el sótano y voy yo y los torturo o ando por ahí disparándole a la gente desde campanarios cual desequilibrado sniper, no, o clavándole cosas en la cara, no, y tampoco es que soy un caníbal por ejemplo y me como a la gente o un pedófilo o un racista o un homófobo, para mi cualquier extranjero o cualquier persona de cualquier color de piel es igual de humano que yo y cualquier persona que quiera mantener relaciones con cualquier otra persona sea del sexo que sea tiene todo el derecho e incluso tampoco me opongo demasiado al amor entre especies por ejemplo un hombre que mantenga coito con un hámster siempre y cuando el hámster en cuestión de alguna señal de consentimiento es decir que el hámster en cuestión manifieste de alguna manera que está de acuerdo con el coito inminente, por ejemplo que se le diga al hámster «escuchame bien, Alberto, si estás de acuerdo en que a continuación procedamos a hacer furiosamente el amor, vos guiñame el ojo dos veces» y si el hámster guiña el ojo dos veces, ya está, por mi parte no más preguntas su señoría, denle para adelante chicos que la vida es corta, sean felices, acá no pasó nada, pásenla bomba.

Tampoco soy un criminal de ningún tipo y lo más ilegal que he hecho en mi vida es descargarme un Grandes Éxitos de Héctor Omar Hoffman a.k.a. Sergio Denis y violar el copyright,  una vez que andaba con ganas de escuchar Por la simpleza de mi gente me bajé el disco y entonces infringí la ley pero después me confesé y el cura párroco me dijo que para compensar el crimen fuera a Musimundo y me comprara el disco y eso mismo quise hacer al día siguiente porque ese día era domingo y Musimundo estaba cerrado y el lunes estaba abierto PERO el vendedor de Musimundo, tras haberle dicho yo muy amablemebre «deme por favor un Grandes Éxitos de Sergio Denis» y tras haber él, es decir el vendedor, ingresado en un estado de carcajada absoluta y malintencionada simultánea al señalamiento por su parte de mi cara, se dirigió a mí en los siguientes términos: «De Sergio Denis no tenemos nada porque Sergio Denis no existe». Yo procedí a decirle que Sergio Denis existía porque yo tuve oportunidad, en 1992, de constatar su existencia con todos mis sentidos durante una actuación en vivo en un bar de la Avenida Principal y el vendedor, sin-dejar-de-reírse, gritó ¡ERA EN SENTIDO FIBURADO [sic] QUIERO DECIR QUE SERGIO DENIS ES UN MUERTO! a lo que respondí que de ninguna manera, que Sergio Denis seguía vivito y coleando y, con suerte, componiendo esas grandes perlas musicales que tantas tardes de domingo alegran en todo el mundo hispanoamericano.
El punto es que soy mala persona pero no ando haciendo daño a nadie, simplemente soy muy, MUY superficial y juzgo a la gente sobre todo por su apariencia, es decir que si alguien pertenece claramente al tipo de gente que habita el distrito estético conocido como “Bagarto” o “Bagre” o “Patada en los Huevos” es muy difícil que yo le preste atención o le haga algún favor porque a mí la belleza interior me resulta indiferente, me chupa un huevo, digamos, a mí lo que me gusta es tratar con gente simétrica, proporcional, de rasgos delicados, pelo suave y peinable y dientes derechitos y en hilera, cual collar de Adam’s Chiclets®, nada de comedores destrozados o desparejos, nada de pelo pajizo o gente extremadamente gorda o extremadamente flaca, o baja o alta, o extremadamente nada, excepto bella, no, no me interesa andar teniendo que ver gente que parece sacada de un cuadro de Picasso o con el cutis que parece un cuadro de Pollock (a mí me gusta mucho la pintura y siempre clasifico a la gente en distintos movimientos y escuelas pictóricas), no, yo soy superficial y soy feliz con mi superficialidad y trato de no hacerle daño a nadie pero

EN LA MISA DEL DOMINGO PASADO

me demoré en llegar porque me corté afeitándome y tuve que detener la hemorragia que resultó ser mucho más caudalosa de lo que en un principio parecía y precisé de muchísimo más papel higiénico del que originalmente predije, y hasta palidecí y me flaquearon las piernas y tuve que sentarme en el inodoro y hacer respiraciones para regularizar mi ritmo cardíaco hasta calmarme y luego salí rápido para la misa pero ya sabiendo que llegaría cuando estuviesen todos sentados y algo que yo hago en mi calidad de creyente mala persona es calcular bien dónde me siento de manera que a mis lados quede gente simétrica y de cutis suave y de pelo lacio y abundante y de proporciones óseas correctas –porque algo que verdaderamente me produce náusea es esa gente por ejemplo que tiene un tórax muy pequeño y unas piernas sumamente largas o un torax larguísimo y unas piernitas que parecen de taburete mal hecho, puaj, asco– y por culpa del corte al afeitarme y las demoras en la supresión de la hemorragia llegué tarde y me tocó al lado del señor Sosa, que no está mal, digamos que yo a ese bigote se lo retocaría un poco más y sus ojos no son del todo atractivos y hay un levísimo je ne sais quoi en todo su ser que le transmite al alma de uno una sensación oximorónica constante, como de turbulenta calma, como de intranquila paz, como de elegante ordinariez. Bueno, pero al menos el señor Sosa conserva en general unas proporciones agradables a la vista y es un señor acicalado y muy dado al uso de fragancias y aftershaves bastante discretos y sutiles, hebras de olor deliciosas que da gusto pasarse la misa a su lado. Es decir que con el señor Sosa todo bien y no hay problema en atravesar una misa a su lado pero

DEL OTRO LADO

me tocó a la señora Schneider que a pesar de ser alemana y contar en su sangre con gran cantidad de glóbulos arios que uno imaginaría como auspiciantes al menos de una buena base genética de cara a la belleza según los estándares actuales, a pesar de esta base germano-aria, decía, la señora Schneider es lo más parecido que he visto en mi vida a un grano epidérmico en su estado óptimo de madurez al que le han salido espontáneamente brazos y piernas. No hay escuela pictórica para la señora Schneider, en serio. Decirle cubista es pasarse de bueno. Es como un ready made hecho de esencia de fealdad con un poco de pus, un toque final de guácala y condimentado con polvo de error. Además, ni siquiera es acicalada. No es como Sosa. La señora Schneider tiene un bigote de finos vellos y tiene un lunar del que salen en abanico tres gruesos pelos que dan saltitos cuando la señora Schneider come chicle, ¡ja!, lo cual nos lleva a comentar que además de fea y poco acicalada la señora Schneider es una absoluta ordinaria que se pasa la misa haciendo globitos con su chicle y reventándolos entre sus dientes torcidos, y su glamour es igual a cero y su elegancia es igual a menos diez y qué asco, en serio.

Mi preocupación por elegir un buen lugar para presenciar la misa tiene que ver sobre todo con el momento de darnos la paz, porque ese es el único momento de la misa en que uno tiene contacto físico con los otros fieles. El otro único momento en que se tiene en contacto con alguien es el momento en que se comulga, porque el cura párroco se motiva mucho con esta parte y a veces te da la ostia metiéndote el pulgar en la boca, es como algo super místico y puede verse la tremenda fe del cura párroco en su cara porque se pone todo serio y rojo y a veces se relame de pura conexión con el Todo mientras te mete el pulgar en la boca. Pero esto no importa. Lo que importa es el momento de darnos la paz, porque ahí es cuando en general uno le da la paz a los dos que tiene a su lado, a izquierda y derecha, y tiene que besarlos y abrazarlos.
Y yo soy muy muy muy superficial y no tolero pero para nada entrar en contacto físico con gente fea por fuera. Si tengo al lado un dictador y un torturador de tortugas pero son gente bien parecida y con la piel suave y lisa, y pelo peinable y lacio y abundantes simetrías, venga usted conmigo que le doy la paz no una ni dos sino tres veces, pero si tengo por ejemplo a un tipo que se dedica a cultivar tomates orgánicos y preparar ensalada para los niños pobres de algún país muy pobre, o si tengo a una señora que se pone una nariz de payaso y se va todos los días en el 53 al pabellón de oncología del Hospital Municipal y si estos dos hermosos seres humanos (por dentro) son por fuera de una fealdad que roza lo monstruoso, ¡aléjese de mí, que no encontrará en mis mejillas más que asco y desprecio por su desequilibrio estético, oh oh, y no habrá paz para usted, no en mí al menos, ser cubista, ser pínturo-abstracto, FUERA!
Etcétera.

Y entonces cuando se iba acercando la parte de la comunión y en concreto el rito que se llama Ad Pacem que es cuando los fieles se desean mutuamente la paz con un beso y a veces con una palmadita en el hombro o en la espada y a veces incluso con un abrazo completo y a veces (pero muy muy de vez en cuando) con un beso en toda la boca y con actividad lingual sin ningún tipo de miramiento de lo alrededóreo, cuando se iba acercando el rito del Ad Pacem yo empecé a temblar un poco y a sentirme descompuesto estomacalmente hablando y a arrepentirme del desayuno continental que me había preparado esa mañana y que había consistido en dos huevos fritos con queso y en 5 naranjas exprimidas en un vaso largo de casi medio litro y en tostadas con jamón y en melón y en varios mates y en un café y en dos salchichitas a la plancha con abundante mayonesa y en cereales cubiertos de chocolate y en queso fundido y en tres empanadas y en un poco de puré de la noche anterior y en helado, me empecé a arrepentir porque sentí como que el malestar estomacal estaba empezando a rechazar todo ese desayuno lo cual significa vómito.
Bueno. En un momento la señora Kohlheimm, que también tiene genes arios pero ella sí les hace honor y es una belleza de mujer, piernas largas y brillantes, senos redondos y respingones, ojos como mariposas en primavera y un pelo que si se lo corta y lo vende un día se va a hacer ultramillonaria, la señora Kolhheimm, decía, empezó a rasgar en su guitarra los acordes de El Señor es mi pastor, ¡aleluya! y ahí yo vi que el Ad Pacem era verdaderamente inminente porque este tema, una gran gran canción compuesta a cuatro manos por el cura párroco y el señor Efraimm, que a pesar de tener genes semitas tiene una nariz deliciosamente tobogánea, hermosa, un triangulito isósceles sobre cuya hipotenusa se deslizan sin descanso unos anteojos redonditos similares a los popularizados por la serie de novelas de Harry Potter, esta canción es la que siempre anuncia el momento anterior al de darse la paz.
En la preciosa voz del señor Gorriaga -del distrito estético conocido como Acné Juvenil Mal Llevado En Su Momento- sonaron los últimos versos de El Señor es mi pastor, ¡aleluya!, y el cura párroco nos dijo que nos pusiéramos de pie y después del discursito clásico nos dijo “nos demos la paz”.

Yo me apuré a arrebatar al señor Sosa. En lugar de un beso suavecito y rápido, a veces casi sin ruido, lo abracé muy fuertemente, lo abracé con los dos brazos y apreté mucho. Más bajito que yo, el señor Sosa se vio rápidamente hundido en mi cuello, mi mano acariciando su calvicie parcial, y escuchó, el señor Sosa, las siguientes palabras susurradas en su oído:
—Señor Sosa, ayúdeme. Ayúdeme por favor. Abráceme y ayúdeme a mantener en mi interior el desayuno excesivo que me incorporé hace un rato. Soy sumamente superficial y si usted rompe este abrazo ahora me veré en la obligación religioso-social de volverme ante la señora Schneider y darle un beso de deseo de paz y no sé si usted es como yo, que prioriza lo exterior a lo interior, pero si usted es como yo entenderá que darle un beso a la señora Schneider es para mí el equivalente de lo que sentiría un tiburón comiéndose a un náufrago hecho 100% de tofu, ¿me explico? No se aleje. Espere.
Sostuve la cabeza de Sosa contra mi pecho.
—Usted, por el contrario, aunque de aspecto andino y nariz aguileña, aunque bajito y de tórax ancho, aunque oximorónico y de bigote desparejo, usted, señor Sosa, conserva un nosequé que me gusta, que atrae, un tipo de belleza exótica similar a la que busca Mel Gibson cuando rueda pelis como Apocalypto, no sé si me explico. Sin ser un Brad Pitt, usted, Sosa, vive más cerca de la belleza que de la fealdad, mientras que la señora Schneider, aunque de ascendencia aria, es la materialización de lo que a veces denominamos Error Irreparable de la Naturaleza.

Paréntesis necesario de la Vida de Sosa

Soy muy superficial pero eso no significa que no tenga buen tacto y que respete a todo el mundo y que siempre camine por el otro lado de la calle de la ofensa. Si hubiese sabido algo sobre el pasado de Sosa JAMÁS habría susurrádole los términos que –ahora lo sé con certeza– tanto daño le hicieron apenas ingresados en el canal auditivo y procesados por su cerebro. Intentaré ser breve:
Sosa tuvo una infancia muy difícil porque fue siempre el más feo de su contexto. Si su contexto era la escuela, Sosa era el más feo de la escuela, claro, pero si su contexto era una competición de gente fea, era el más feo (y ganaba, porque ese chiste que reza “eres tan feo, oh, que en un concurso de gente fea perderías por feo” no tiene ningún tipo de aplicación en la Vida Real) y si su contexto era el Museo de Ciencias Naturales y más concretamente el Pabellón de Deformidades Extremas Congénitas Ejemplificadas en Casos Concretos Protegidos de los Dedos Erosionantes del Tiempo por medio de Frascos con Formol, y se paseaba Sosa observando los frascos con seres ciclópeos con el cerebro desarrollado por fuera del cráneo cual oseófila enredadera gris de inteligencia, o seres con treinta y siete dedos saliendo del ombligo ubicado en la frente de la cabeza pequeña, etcétera, incluso entonces, incluso en ese contexto, incluso entre los aformolados habitantes del PDECECCPDETFF del Museo de Ciencias Naturales, Sosa continuaba siendo el más feo.
«¡¿Pero cómo puede ser?!»
Porque el Sosa que hemos dejado entre mis brazos, en misa, ese Sosa es el Sosa post-cirugías de última generación, con tecnología que ni al mismísimo Julio Verne se le vinieron a su salvaje imaginación de adelantado, el Sosa que hemos dejado momentáneamente en el relato congelado durante el Ad Pacem, ese Sosa es el Sosa que ya ha viajado alrededor del mundo buscando lo mejor de lo mejor en términos de medicina correctiva, es el Sosa de ojos extras extirpados, el Sosa de manos podadas, el Sosa modelado por las manos delicadas e irrepetibles del doctor nipon-francés Jean Pierre Akuwabata y su método de modelado toráxico a base de rayos láser y extirpamiento de costillas, el Sosa al que acabo de darle la paz es el Sosa que eligió un juego de genitales y descartó el resto, es el Sosa de espalda depilada, desacné-izada y desombligada, es el Sosa con rótulas protésicas, es el Sosa con los dientes por dentro de la boca y de lengua enrollada hasta una longitud humana. Etcétera. Tampoco es cuestión de revelar aquí una situación faciocorporal que pertenece al pasado, como es la de Sosa, que tras numerosas danzas con el bisturí y numerosos abrazos con la algodonosa anestesia, quedó bastante bien, y además todo muy bien tapado porque en Canadá el doctor Álvarez, maestro indiscutido del cerrar heridas de manera elegante y sin cicatriz, ejecutó su magia trabajando codo con codo con Akuwabata y entre los dos lograron remodelar el orden epidérmico de Sosa de manera que todas las cicatrices de todas las intervenciones coincidieran en unos pocos centímetros cuadrados de piel, y ubicaron ese sector cutáneo para que quede justo debajo de la nariz, de manera tal que el experto en pelos, vellos y vasos capilares Doctor Greenwich (nieto del inventor del meridiano) rematara la obra de arte de la medicina moderna que es Sosa con un bigote precioso, mitad sintético/mitad pelo de camello, cubriendo completamente el tejido cicatrizal y empadronando a Sosa en el barrio de lo exóticamente bello, en la calle de lo misteriosamente atractivo, en el edificio de lo inexplicablemente sublime.
Volvemos entonces al pobre Sosa, hundido en mi violento abrazo, procesando las palabras que acababa de susurrarle y reviviendo cada una de las consultas médicas, cada una de las innumerables veces que se vio desnudado, observado fríamente con una pequeña linterna, las inumerables veces que su cuerpo fue el lienzo tembloroso sobre el que doctores de mano firme dibujaron con rotulador indeleble innumerables líneas de puntos, cada una de esas líneas la profecía aterradora del camino escalpélico, reviviendo cada una de las innumerables veces que, mucho antes de sus cirugías, Sosa fue el blanco de la amoral crueldad infantil de sus compañeros de la escuela, reviviendo las visitas escolares al PDECECCPDETFF y los gritos de los niños anunciando que habían encontrado a la madre de Sosa en un frasco en el Área de los Siameses Insólitos, etcétera. Ese fugaz repaso por los momentos más dolorosos de la vida de Sosa, que aunque reprimidos, no estaban muertos, y ese sótano mnemónico estaba cerrado con una delgada cadena que una patada de las suaves ya podía abrir, ese repaso fugaz bastó para que Sosa se desenredara de mis brazos y me mirara a los ojos y, haciendo acopio de todas sus fuerzas para prorrogar el llanto unos segundos más y poder pronunciar sus palabras despojado de toda lágrima, dijo: «Usted no sabe nada».
Y se arrancó el bigote de Greenwich. 

Paréntesis filosófico sobre lo que significa una cicatriz y lo que puede esconder y los matices semánticos que puede transmitir si se la observa con tiempo y con atención
Nuestra Real Academia propone dos acepciones del término cicatriz: la señal que queda en un tejido orgánico tras la cura de una herida y las inefables huellas que en el espíritu nos quedan tras el paso de los dolorosos pisotones que significan para el alma una relación que no funciona, un amigo que nos traiciona, un padre que nos abandona, etcétera. Lo que vimos junto a la señora Schneider en la delgada, precisa, económica cicatriz supralabial de Sosa tras la remoción del bigote fue la huella al mismo tiempo física y espiritual de una vida dedicada a ser un cuerpo distinto. En los plieguess casi imperceptibles de esa leve deformación epidérmica borboteaba una finísima espuma hecha de llanto y rechazo, de burlas y déficit autoestimal, y si a la contemplación de esa cicatriz metafísica se le sumaba el encuentro de los ojos –ahora sí– sumergidos en lágrimas de Sosa, la epifanía era casi inevitable. La señora Schneider no soportó ese golpe y sin más mediación que un gritito sofocado se desmayó.
Yo, amurallado tras mi superficialidad y malapersonez, tardé más en aprender, y por ende tuve más tiempo de apreciar lo que el gesto de Sosa significaba. Tuve tiempo de percibir la importancia capital de su desbigotamiento.
La parcela cutánea anteriormente cubierta por el bigote era de un blanco mucho más claro que el resto de la piel soseica. Hacía mucho, MUCHO tiempo que la luz solar no visitaba esas tierras. Quizás el propio Sosa había llegado a dudar de si alguna vez había sido de otra manera, quizás había conseguido agregar una cerradura triple con barras de acero y sistema de alarma con cámara y lásers y perros guardianes al sótano mnemónico donde el moho había finalmente cubierto los recuerdos de su época deforme. La ausencia de una cicatriz visible difumina la memoria y auspicia el autoengaño, y bajo la alfombra frondosa de su bigote Sosa había barrido el polvo tóxico de los recuerdos de su pasado oscuro. Y en mi abrazo, en mis palabras cargadas de rechazo a lo asimétrico y desagradable de la señora Schneider, Sosa redescubrió, quizás, me gustaría creer, la singular belleza de su pasado, la particularidad de los caminos que se cruzaban en su existencia, y de un solo manotazo, en un gesto que seguramente lo aterraba y que sin embargo no era capaz de reprimir, reveló su Cicatriz, la Madre de Todas las Cicatrices, quizás la única cicatriz en la Via Láctea que en unos pocos centímetros demostraba la existencia de una epidermis espiritual, la existencia de un alma, ¡ah!, de un alma a través de cuyos poros se filtra la autoconciencia, el arte y la búsqueda constante de la humanidad de trascender la cutánea prisión en que vivimos, sujeta a los juicios triviales sobre sus proporciones, tonalidades y tamaños.
El cura párroco corrió a asistir a la señora Schneider, la misa se declaró oficialmente cancelada, todo el mundo o bien se acercó a sofocar un poco más a la señora Schneider o bien se retiró cabizbajo ante la perspectiva de una mañana dominical sin planes. Yo seguí observando la cicatriz de Sosa, y luego sus ojos, y comencé a llorar. Sosa me abrazó. Me abrazó muy fuerte, con dos brazos que contenían la fuerza abrácica de otros tantos extirpados, y me susurró al oído: «La paz sea contigo, querido. La páz sea contigo.» 




Este relato tiene finales forzados e inverosímiles.

martes, 27 de mayo de 2014 |

1

Hay un DJ y hay música y hay mucha gente que luce muy exitosa y feliz y limpia y todos tienen la piel correctamente bronceada y los dientes blancos. Hay grupos que salen a fumar y luego entran en medio de carcajadas, siempre uno de ellos apurando las últimas pulgadas de tabaco y pisándolo simultáneamente a la última exhalación de humo. Hay muchas palmadas en la espalda, muchas, y se escucha «y tú qué tal, tío, cómo va todo». Yo me siento muy muy muy pequeño porque tengo el autoestima de una babosa autoconsciente, es decir, una babosa que sabe que es babosa y está, digamos, al tanto de todo lo que no puede hacer en su calidad de babosa, por ejemplo no puede silbar o no puede correr o no puede saltar.

El evento lo auspicia Moritz y todos tenemos botellas de cerveza en la mano. Yo te acompaño porque me invitaste en un chat muy random de Facebook pero no sé nada de música electrónica y no conozco a absolutamente nadie. Hay muchísimos estilos distintos de barba, muchísimas variedades que no conocía. Hay patillas extensísimas, hay barbas muy frondosas y hay combinaciones de candado, bigote, patillas y otras variedades. Hay una barba teñida. Hay muchas Raybans a pesar de que estamos dentro y la luz es tenue. Te acompaño mientras no parás un segundo de saludar a todo el mundo. Muchos te dicen «Eh, qué ilusión verte» y te aprietan el brazo amablemente o te acarician el hombro o te dan como un medio abrazo raro con un sólo brazo y sin que verdaderamente haya mucho contacto del tórax. Se nota a veces que no te sabés el nombre de los que te saludan. Me presentás como un amigo. Me soltás la mano y yo estoy muy nervioso, muy babosa. El DJ mueve la cabeza concentrado en los botones y perillas de sus cosas de DJs que no entiendo. La manzana de su Macbook no brilla, creo que está rota. Hay una pantalla gigante donde se puede apreciar un video en blanco y negro de un hombre bailando con una máscara de caballo puesta, y el logo de la marca de lo que hemos venido a ver. No sé qué es. Estoy entre ropa, festival y sello musical. Pido otra Moritz. Alguien me empuja sin querer y se disculpa excesivamente. Se disculpa como si le hubiese pisado la cabeza a mi hijo bebé. El lobby del hotel donde ocurre este evento está cubierto de césped artificial. Hay una barba intermitente, o sea con líneas afeitadas y líneas de barba. Hay gente sentada en el suelo, cabizbaja, con una Moritz en la mano y un iPhone (80%) en la otra o un Samsung Galaxy (17%) en la otra o un Sony/otros (3%) en la otra. Hay una barba que tiene rastas con anillos. La lleva un hombre muy, muy corpulento, muy intimidante, que me empuja y se disculpa excesivamente, como si acabara de pisar la cabeza de mi hijo bebé, en un catalán con acento extranjero y no muy correcto. «Husentu!» Empiezo a ver que este relato necesitará un final forzado.


2

Una mujer te cuenta algo animadamente, con los brazos moviéndose mucho. Sonreís. Yo miro el techo, y no es que me aburro tanto como que me gana una suerte de ansiedad porque no sé qué hacer y entonces empiezo a preguntarme por qué no sé qué hacer si en realidad yo siempre sé qué hacer, y entonces me empiezo a preguntar quién soy y eso nunca acaba bien. Hiperventilo un poco. Saco el iPhone rogándole muy fuerte a Dios que alguien me haya mandado un whatsapp pero no hay ni una notificación. Me gustaría que al menos la Appstore me hubiera notificado una nueva versión de alguna aplicación, pero nada, todo al día.

Te miro. Estás muy linda pero de la manera en que están lindas las modelos en la pasarela, donde no hay deseo, ni curiosidad. Sé que no me gustás, y no me imagino más de diez minutos de conversación sin que pase un gigantesco Ángel de la Incomodidad y se siente a mirar con una media sonrisa en sus labios cómo nos cuesta encontrar algo de qué hablar en el minuto once. Escucho hablar a dos personas. Están comentándose mutuamente sus profesiones y trabajos. Uno de ellos es freelance y edita videos para un club, es redactor para otra web y tiene un programa de radio los miércoles por la tarde. El otro es coolhunter no sé dónde. Tampoco sé qué es exactamente lo que hace un coolhunter. Miro el móvil y una alegría increíble me arrastra como una ola de pura felicidad porque veo que hay una nueva versión de Angry Birds, seguramente más niveles. En realidad podría haber fingido todo el tiempo sin necesidad de una notificación real. Una chica tiene el dibujo de la tapa del último disco de los Arctic Monkeys tatuado en la muñeca. Está cerca y habla con el de rastas en la barba. Escucho que estudia cine y está haciendo prácticas en un estudio de animación. En el hombro tiene tatuado 'Carpe Diem'. De repente me supera la curiosidad por saber quién será esta chica, quién será en un sentido mucho más allá de su beca y sus estudios. Quiero saber cómo será tomarse un café con ella sabiendo que ya sabe quién soy y habiendo pasado el small talk de un evento auspiciado por Moritz. Saber, por ejemplo, cómo luce esta chica en ropa interior, por la mañana, cepillándose los dientes frente al espejo del baño, medio dormida todavía, con la puerta abierta, despeinada. O quiero saber cómo se verá esta chica discutiendo por teléfono con su madre. No es que me guste, no, ni nada parecido, pero hay como dos o tres cosas que me despiertan curiosidad en ella y esa curiosidad se multiplica porque sé que no voy a poder tomarme un café con ella nunca. Quizás la escriba, pienso, quizás sea un personaje de algo en mi blog. Volvés y me decís «¿Te aburres?». Te digo que no, que estaba contestando emails. «Ven, tienes que conocer a Francesc». Me agarrás la mano y me arrastrás hasta la mesa del DJ y yo sigo pensando que este relato necesitará un final forzado. Francesc no es el DJ sino una chica pequeñita, casi se le podría decir Ínfima, muy mona, muy frágil, sentada junto a la caja de vinilos del DJ. «Es genial, ella, escribe un blog y su alter ego blogger es Francesc», me explicás. Su nombre real es algo que termina con 'ina', pero no llego a escucharlo todo. El DJ tiene un tatuaje que creo que tiene runas de Tolkien. Otro ataque de curiosidad, de saber quién será este tipo, qué miedos tendrá, si me caería bien, qué le gustará desayunar, como será su cara de Máximo Enojo.

Ínfima me dice que está encantada de conocerme y que qué hago. La escucho muy mal. Le contesto que estudio filología en la UB pero el DJ acaba de subir el volumen y es imposible, y encima ella trata de acercarse a mí para estrecharme la mano y escuchar mejor a qué me dedico pero cuando intenta erguirse tira la caja de vinilos del DJ. Ocurre una bifurcación de finales para dar lugar a uno forzado e inverosímil:

3

El final verosímil de este relato

Tiene lugar un efecto dominó que empieza en la caja de vinilos, continúa en la mochila del DJ, continúa en una botella Moritz vacía que cae sobre una jauría de cuatro enchufes que convergen en un multiconector raro, protegido contra vertidos líquidos.
—No te preocupes, Francesc, ahora me pido otra —dice el DJ apretando amablemente el hombro de Ínfima.
Ínfima se acerca y me cuenta cosas de su vida y de su blog. Gran parte de mi atención se ha ido al final forzado de este relato, donde ahora se apagan las luces y está a punto de pasar algo mucho más adrenalínico que la búsqueda de una prosa experimental y falsamente masculina que equivalga a un paradigma hermafrodita del acto de escritura, yosoyfrancesc.tumblr.com.
—Yo tengo un blog, El Último Paraguas, pero últimamente lo actualizo poco y en general me da la sensación de que busco un humor que ya no sé hacer, y me frustro cuando encuentro momentos vacíos e intento escribir, me frustro porque a veces siento que en realidad no tengo nada que decir, no sé...
—Ya, a veces pasa. Quizás es mejor dejarlo un tiempo, volver cuando haya pasado tiempo, cuando hayan pasado cosas...
—¿A vos te pasan cosas? Quiero decir, no a Francesc, sino a vos... ¿cómo es tu nombre?
—Irina.
—Irina. Me gusta más que Vanina. ¿Te pasan cosas, Irina?
—Todo el rato. Viajes, relaciones, nuevos trabajos, eventos. Recién acabo de tirar una caja de vinilos y no dejo de pensar qué hubiese pasado si la cerveza hubiese estado llena. Todos esos enchufes...
—Sí... yo también pensaba en eso. Creo que hubiese sido un caos.
—¿Un caos?, ja, tampoco exageres.
—Creo que habría chispas, humo y un ataque de nervios. Creo que la chica del tatuaje de los Arctic Monkeys te habría consolado, y creo que el DJ me habría culpado por todo, porque tal y como estás ahí, toda acurrucada, pequeñita, oculta, el culpable obvio de cualquier accidente sería yo.
—Lo tienes todo pensado. Quién es la chica del tatuaje.
Se la señalo. Sonríe, pero no sé qué significa esa sonrisa.
—Total, que sí me pasan cosas. Y a ti seguramente también. Cómo es que estás aquí, si no.
—Vine acompañando a una chica que ahora ha desaparecido.
Miro alrededor pero no la veo, la veo solamente en el final forzado de este relato, donde ella corre a serenarme y a tirarme cerveza en la cara para que no empiece a matar a nadie.
—¿Cómo te llamas?
—Lucas.
—Voy a leerte, Lucas.
—Yo voy a escribirte. Quiero decir, voy a convertirte en un personaje de un relato.
—¿Sí? ¿Y cómo voy a ser? ¿Qué voy a hacer?
—Lo que quieras. Elegí.
—Quiero que salgan mis dos nombres. Y quiero un link a mi blog. Y quiero que al final del relato, sin razón aparente, me secuestre un pulpo gigante, una escena en plan King Kong pero que sea un pulpo en lugar de un mono y que sea la torre Agbar en lugar del edificio ese.
—El Empire State.
—Y quiero que tú me rescates del pulpo.
—Muy forzado, ¿no?
—Tú me dijiste que podía elegir, Lucas.
—Es verdad. Ok. Yo te rescato y después qué. Cómo acaba esto.
—¿En el relato? Me llevas a tu casa, me curas las heridas, es todo muy romántico, me preparas un baño caliente.
—¿Ajá?
—Ajá. Y abres una botella de vino. Y yo salgo del baño envuelta en una toalla, y me alcanzas una copa, y hablamos un rato sobre lo loco que fue el día, sobre la batalla con el pulpo gigante, y finalmente me canso de que no te animes a darme un beso y te beso yo.
—¿Y cómo acaba esto fuera del relato?
—¿Fuera del relato?
—¿Nos besamos fuera del relato?
—No sé. A mí para besarme hay que rescatarme.
—Pero no conozco a ningún pulpo gigante...
—Puedes rescatarme de otras cosas.
—¿Puedo rescatarte de esta fiesta?
Irina estira los brazos para que la ayude a levantarse de su rincón, y se pone de pie de un salto, y me dice al oído «Puedes». Salimos esquivando gente y bajamos por Via Laietana y caminamos hasta Barceloneta, y en el final forzado del relato veo que todo se ha torcido de una manera muy urobórica, posmoderna y tediosa. Sacudo la cabeza y me concentro en este lado, en esta columna, y me detengo de repente y te miro y te sacudo levemente por los hombros y te pregunto por qué no me seguiste, por qué no intentaste salir conmigo afuera cuando mi amiga me sacó fuera del lobby a fumar, por qué Francesc, joder, por qué siempre tiene que pasar que me congelo y me paralizo de miedo y aunque intuyo de una manera muy fuerte que entre esa chica acurrucada entre vinilos y yo podría haber algo, no digo un matrimonio, no digo ni siquiera un polvo de una noche, pero quizás una charla, quizás una risa, quizás un café, aunque intuyo eso no puedo hablar, no puedo hacer nada más que mirar como se me va la vida y vienen textos.
Me decís que no podés hacer nada, que no sabés nada de nada, porque no llegamos a hablar. Pero conocías a mi amiga, te digo, la conocías, ella quiso presentarnos, así que por qué no saliste con nosotros a fumar.
—Lo siento, Lucas. Lo siento. En serio. No sé qué decirte. No sé qué quieres de mí. No puedo ser todo lo que esperaste que sea nada más que porque decidiste que me veía mona entre los vinilos, porque me veía pequeña y frágil, porque decidiste que sería alguien interesante y que te divertiría, porque me idealizaste y doble idealizaste en un ejercicio tonto que sólo sirve para torturarte cuando te alejas del teclado y desvías tu mirada de la pantalla y ves que estás solo y que en lugar de buscarme, de preguntarle a tu amiga por mi nombre completo y agregarme al Facebook y animarte a jugar a la cruel lotería de conocerme de verdad, donde yo puedo tener novio o vivir fuera o no tener ningún interés en ser tu amiga o ser lesbiana o ser aburrida o ser pedante o ser una imbécil o quizás, una entre tantas posiblidades, podamos quedar algún día y tomar algo, en lugar de buscarme escribiste un texto estúpido de dos columnas donde no estoy yo en ningún momento, y lo peor es que ni siquiera estás tú, ni siquiera está lo que de verdad sentiste ese día cuando me viste con el DJ, entre barbas, entre iPhones, entre gente que te asusta porque se ve feliz y segura, en el césped artificial del lobby del Grand Hotel Central Barcelona y cruzamos una mirada y te sonreí y te alejaste, en pánico, a buscar a tu amiga. Ni siquiera estás tú en todo esto, porque si estuvieras en todo este texto, ya lo estarías acabando para abrir el Facebook, buscarme entre los amigos de tu amiga e invitarme a un café.
Gilipollas.
El final forzado de este relato

Tiene lugar un efecto dominó que empieza en la caja de vinilos, continúa en la mochila del DJ, continúa en una botella Moritz prácticamente llena, también propiedad del DJ, y acaba en una jauría de enchufes cachorros mamando cerveza de una conexión extraña, todos los enchufes del universo conocido parecen converger ahí, incluyendo el Macbook del DJ, la mesa de mezclas y otras cosas.
Saltan muchas chispas. Ínfima grita y se aleja y sale mucho olor a quemado de todos los cacharros y de la Macbook del Dj. Se apaga la música, claro. Se apagan las luces y se encienden otras más tenues, amarillas, depresivas, de emergencia. Sale humo. Se escuchan conversaciones que se interrumpen. Todos me miran, pero yo no fui. Los miro como diciendo «¡YO NO FUI, MODERNOS, YO NO FUI!», pero por supuesto y por fortuna no lo digo. Miro a Ínfima, a Francesc, a ****ina, y pienso que tengo tres maneras de referirme a ella y sin embargo todavía no sé su nombre. La chica que tiene el dibujo de AM tatuado en la muñeca se acerca a Ínfima y la abraza. «Vani, vani, ¿estás bien?». «Vanina!», pienso. VA-NI-NA. Un misterio menos. Pienso en la canción de los Redondos, una tipa rapaz vino a consolarte. El DJ parece en estado de shock, mirando todas sus herramientas de trabajo muy muy arruinadas y quemadas por un cortocircuito marca Moritz. Y entonces cometo el error de decirle:
—La manzana ya estaba rota de antes.
—¿Perdona?
—No, ja, nada, digo que la manzana, la manzanita del logo, del logo Apple, digo que ya estaba rota. Vanina habrá roto todo pero la manzana ya estaba rota.
—¿Quién coño es Vanina?
—Francesc, Francesc.
—No te entiendo, déjame en paz.
—Ok, pero solamente digo que el lado bueno de todo esto es que la manzana ya estaba rota, y no es algo por lo que debamos lamentarnos ahora.
No hay ni una palabra del DJ entre el final de mi frase y sus nudillos muy incrustados en mi cara. Antes, sin embargo, puedo apreciar su cara de Máximo Enojo.
Yo me vuelvo muy loco si alguien me pega. Me vuelvo muy loco, pierdo no solamente la paciencia sino toda la estructura moral que haya podido integrar a lo largo de mi vida en una sociedad occidental. Pierdo la valoración de la vida, pierdo el respeto por las reglas básicas del tejido urbano, pierdo absolutamente todo. Pierdo incluso los institntos animales dirigidos a la conservación de la especie. Me vuelvo un monstruo que grita distintas variaciones fonéticas compuestas por una consonante y una vocal. Me vuelvo muy Hulk y quiero matar. Mi amiga random de Facebook lo sabe y se acerca corriendo y me vacía su Moritz en la cabeza. Lo hace como un último gesto de pseudo-amistad y se va del hotel, muy avergonzada.
El DJ cambia su enojo por una risa muy burlista y ofensiva, señalándome, pero no dura demasiado porque un tentáculo púrpura, gigantesco, viscoso, rompe los cristales del lobby del hotel y se enrosca alrededor del DJ y lo estruja como a un dentífrico y una pasta rojo-grisácea sale por la boca y el DJ básicamente muere. La chica con el tatuaje de Arctic Monkeys grita hasta que otro tentáculo la estruja. Se abre el techo y todos los asistentes podemos admirar con un poco de terror esencial la presencia gigantesca de un pulpo violáceo que secuestra a Ínfima y se sube a lo más alto de la torre Agbar.
Yo entro nuevamente en modo ira total y esta vez no hay nadie que me apague, así que de nuevo pierdo toda la estructura moral y gano superfuerza y salto de edificio en edificio y alcanzo al pulpo gigante y le doy un puñetazo muy efectivo, muy concentrado, y lo mareo tanto que deja caer a Vanina. Pero la alcanzo, la rescato, la llevo lejos del hotel y del monstruo y de los modernos con barbas extrañas y lejos de todo lo que me hace sentir pequeño y babosa, y la llevo a mi casa donde tengo cosas para ofrecerle, tengo un baño caliente y un equipo de audio de alta fidelidad y una botella de vino y buena conversación y no me animo a darte un beso a pesar de que llevamos horas hablando, pero por suerte te hacés cargo de eso y envuelta en una toalla, apoyando el vaso en el filo de la mesa, me saltás encima y me besás apasionadamente, y hacemos el amor toda la noche, sabiendo que nos hemos rescatado de algo mucho más peligroso que un pulpo gigante, algo que huele mucho a soledad y a domingo por la tarde.
O quizás simplemente nos hemos escapado a una fantasía que no sirve para nada, más que torturarme, porque esto no deja de ser el final más forzado y más inverosímil de un relato que en su lado más opaco muestra una realidad mucho más simple y aburrida, y triste, tan triste, y en esa realidad ni siquiera sé tu nombre, en esa realidad ni siquiera me acerqué a hablarte, porque cuando tiraste la caja de vinilos con la mano estirada para saludarme, mi amiga random del chat de Facebook me apartó impulsivamente y me llevó fuera del lobby, porque quería fumar, y el relato murió ahí, todos los finales que te tenían como personaje murieron ahí, Irina, Vanina, Ínfima, Francesc, murieron con ella sacando su paquete de Pueblo y sus filtros y fumando ansiosa, y contándome cosas que no recuerdo, porque en ese momento yo ya estaba construyendo en el aire dos finales distintos, uno forzado, otro un poco más verosímil, y en los dos acababa conociendo un poco más del DJ y de la chica del tatuaje y sobre todo acababa conciendo mucho más de esa chica pequeñita, acurrucada al lado de una caja de vinilos, serena, una chica que se llama Francesc y se llama Irina, o Vanina y se llama Ínfima, también. Una chica muy atractiva que me abrazaba cuando la recogía de su caída de la torre Agbar, cubierta por el aceite viscoso del pulpo gigante.
Pasa un gigantesco Ángel de la Incomodidad, pero te mira a vos, nada más, que seguís fumando en el umbral del hotel, a mi no me incomoda el silencio porque en el otro final de este relato empieza a surgir la posibilidad de animarme a salir de esta estupidez, de dejar el blog por un rato, de dejar de construir cosas en el aire, en el otro final Irina me dice que toda la parte de realidad que hay en esto, el césped artificial, por ejemplo, o el lobby del hotel, toda esa parte de verdad tiene también su línea continua, su futuro AFK, y solo tengo que buscarla por Facebook, pasarme una noche en vela decidiendo la manera menos stalker de decirle que la busqué para terminar la presentación que no pudimos tener, agregarla como amiga, preguntarle qué hace, qué escribe, pedirle su blog, enviarle el mío, y dejar que lea esto y decida si me diagnostica psicopatía aguda y me bloquea para siempre en todos sus puertos digitales o si ve en todo este miedo, este pánico, estas vueltas y estas máscaras algo tierno, algo que le despierta curiosidad, que le recuerda de repente el chico flaquito con el que cruzó miradas en el lobby y acepte, y aceptes, tomar algo conmigo.






~ FIN ~